Compartir este articulo

Biotipos, narcisismo y codependencia emocional: que entendernos no se convierta en otra forma de juzgarnos

Los biotipos pueden ayudarnos a comprender nuestra naturaleza, pero ¿Qué ocurre cuando utilizamos categorías para justificar conductas disfuncionales, minimizar el abuso narcisista o seguir culpándonos? Una reflexión sobre biotipos, validación y responsabilidad en las relaciones tóxicas.

Últimamente escucho hablar cada vez más de biotipos en las redes sociales.

Coléricos, sanguíneos, flemáticos, melancólicos, “fuego falso”… Como sucede cada cierto tiempo con diferentes teorías, modelos y sistemas de autoconocimiento, muchas personas encuentran en estas categorías una explicación que parece ordenar de pronto aquello que antes no comprendían.

Y entiendo perfectamente la fascinación.

Los seres humanos estamos siempre buscando fuera de nosotros las respuestas a todo aquello que no entendemos de nosotros mismos, de los otros o de la vida. Buscamos la última teoría que explique el sufrimiento y el dolor en nuestras relaciones con la esperanza de gestionarlas mejor.

Y, en cierta forma, la teoría de los biotipos explica bastante bien cómo nuestras diferentes tendencias naturales pueden llevarnos a responder de manera distinta ante una misma circunstancia.

Yo misma he explorado esta teoría y encuentro aspectos con los que me identifico profundamente. Reconozco en lo que se describe como naturaleza flemática muchos rasgos que forman parte de mi biología y mi personalidad: mi sensibilidad, mi empatía, mi inclinación hacia el cuidado de los demás, mi capacidad de percibir y nutrir al otro y mi tendencia natural a evitar el conflicto y buscar armonía en mis relaciones.

Por eso, mi intención no es desacreditar los biotipos.

Lo que me preocupa es qué hacemos con esa información una vez que la tenemos.

Porque una teoría creada para ayudarnos a entendernos mejor si es mal utilizada puede convertirse también en una manera de limitarnos y encasillarnos, justificar nuestras conductas o, peor aún, invalidar nuestro dolor o el dolor de otras personas.

Y eso es precisamente lo que algunas veces observo en redes sociales cuando se utiliza la teoría de los biotipos para desacreditar o incluso negar el narcisismo, las relaciones tóxicas, la codependencia o el abuso emocional.

“Ninguna categoría que nos ayude a comprendernos debería convertirse en una prisión para nuestra identidad, una excusa para nuestras conductas o una herramienta para seguir juzgándonos e invalidar el sufrimiento que experimentamos cuando estamos en relaciones emocionalmente abusivas.”

Comprender no es justificar

Que una persona tenga una tendencia natural hacia la intensidad, el liderazgo o la dominancia no justifica que controle, intimide, manipule o agreda a su pareja.

De la misma manera, que otra persona sea naturalmente sensible, empática o conciliadora no convierte el sacrificio, la sumisión y el autoabandono en características saludables que deba aceptar simplemente porque “esa es su naturaleza”.

Una cosa es comprender nuestra naturaleza. Otra muy diferente es utilizarla para justificarnos o quedarnos atrapados en ella.

Esto resulta especialmente importante cuando hablamos de abuso narcisista.

Una teoría sobre tendencia biológica, temperamento o personalidad nunca debería utilizarse para minimizar el sufrimiento o justificar comportamientos de control, manipulación, humillación o violencia. Tampoco debería utilizarse para culpar automáticamente a quien participa en dinámicas toxicas por haberse alejado de su naturaleza sin ver antes la foto más amplia.

El contexto importa. La historia importa. Y el dolor de una persona también importa.

¿Y si aquello que juzgamos fue alguna vez una forma de protegernos?

Hay algo que me genera especial preocupación cuando escucho hablar de algunas mujeres a las que esta teoría denomina “flemáticas fuego falso”.

Se describe así a mujeres cuya naturaleza sería profundamente emocional y sensible pero que, por diferentes circunstancias, se han endurecido, tomando características mucho más dominantes, controladoras, combativas o explosivas, similares a las que este modelo asocia al biotipo colérico en los hombres.

Y aquí es donde siento que una categoría puede quedarse demasiado pequeña frente a la complejidad de nuestras relaciones.

Porque quizás, antes de pedirle a esa persona que regrese a su naturaleza, deberíamos invitarla a explorar y validar el dolor que la llevó a alejarse de sí misma.

Quizás necesita preguntarse: “¿Qué fue lo que me programó a mostrarme de esta manera?”

Algunos de esos comportamientos que hemos normalizado, aunque vayan en contra de nuestra esencia, pueden haberse desarrollado como formas de adaptación y protección en momentos de nuestra vida en los que todavía no contábamos con otros recursos.

Una persona que aprendió a vivir en un ambiente hostil, con un sistema nervioso en hipervigilancia y luchando por sobrevivir, hoy puede vivir a la defensiva, atacando y controlando a otros, aunque no sea de naturaleza dominante y agresiva.

En algunas personas con patrones de codependencia activa, esto puede expresarse incluso a través de actitudes agresivas, controladoras o manipulativas que terminan reproduciendo algunas de las dinámicas que ellas mismas han sufrido.

Y me gustaría dejar algo en claro: comprender el origen de nuestras respuestas adaptativas y validar nuestro dolor, no significa justificar conductas disfuncionales.

Seguimos siendo responsables de aprender a relacionarnos sin dejarnos lastimar y sin dañar a los demás. Pero difícilmente podamos cambiar si nos seguimos juzgando por habernos alejado de nuestra esencia. Porque, para transformarnos, no necesitamos más juicio. Necesitamos más conciencia y un sistema nervioso que pueda sentirse lo suficientemente seguro para regularse

Y para llegar a eso muchas veces necesitamos que nos acompañen con empatía a entender y validar nuestra historia para luego recién poder volver a nuestra verdadera naturaleza desde un lugar más seguro, equilibrado y empoderado.

Para mí, la validación y la responsabilidad no son opuestas ni excluyentes: muchas veces, sentirnos validados es precisamente lo que necesitamos para asumir nuestra responsabilidad desde el amor propio y no desde la culpa o como otra forma de castigarnos.

Reconocer que alguien fue víctima de una conducta abusiva no significa condenarlo a permanecer en el lugar de víctima. Significa reconocer su dolor antes de pedirle que lo transforme.

Podemos asumir responsabilidad sobre nuestra vida sin asumir responsabilidad por el abuso que otra persona ejerció sobre nosotros. Podemos entender viejos patrones sin culpabilizarnos por haberlos aprendido y sostenido durante mucho tiempo. Y podemos empezar a romperlos y elegir diferente integrando nuestras partes heridas con compasión en lugar de despreciarlas.

Tu naturaleza es un punto de partida, no una condena

Aquí aparece otra cuestión con la que personalmente no coincido cuando cualquier sistema de clasificación se interpreta de manera demasiado rígida.

No creo que hayamos venido a la vida simplemente a descubrir y permanecer en nuestra naturaleza. Creo que hemos venido a reconocer nuestra esencia, pero para desarrollarnos y expandirnos a partir de ella.

Y expandirse muchas veces significa aprender precisamente aquello que no nos resulta natural.

Una persona de naturaleza sensible y conciliadora puede necesitar aprender a confrontar, a poner límites, a atreverse a decir su verdad, aunque eso incomode a otros. Una persona que naturalmente está cómoda en el rol de cuidador, ocupándose de otros, puede necesitar aprender a hacerlo sin descuidarse a sí misma. Puede expandirse aprendiendo a dejarse cuidar y recibir, o incluso pedir ser cuidada. Y quien naturalmente avanza, lidera y decide por otros puede necesitar aprender a detenerse, escuchar, recibir y considerar las emociones, necesidades y opiniones de los demás.

Desde mi perspectiva, conocer nuestra naturaleza no debería decirnos hasta dónde podemos llegar. Debería ayudarnos a comprender desde dónde estamos partiendo.

Integrarnos tampoco significa convertirnos en nuestro opuesto

Pero existe otra trampa. Desarrollar aquello que nos falta no significa irnos al extremo contrario.

Poner límites no requiere volverse duro, inflexible o dominante. Desarrollar asertividad y firmeza no requiere perder sensibilidad o suavidad. Desarrollar autonomía no significa volverse autosuficiente y dejar de necesitar a los demás. Dejar de ser complaciente no significa dejar de considerar al otro. Y aprender a defendernos no significa convertirnos en agresores.

Por eso, cuando pasamos de un extremo al otro, yo no veo integración. Veo una mala adaptación a una herida que todavía no hemos procesado.

Quizás durante años una persona sintió que sólo tenía dos posibilidades: o me fundo en el otro y me abandono para conservar el vínculo, o me aseguro de dominar al otro para que nadie vuelva a hacerme daño. Pero existe una tercera posibilidad, sea cual sea nuestra historia, nuestro género o nuestro biotipo.

Puedo ser sensible y poner límites. Puedo amar sin abandonarme. Puedo escuchar al otro sin dejar de escucharme. Puedo ser vulnerable sin someterme. Puedo desarrollar firmeza sin perder suavidad. Puedo asumir responsabilidad por mis conductas sin convertirme en mi propio verdugo.

Quizás la verdadera integración comienza precisamente ahí. Y ésa es una posibilidad que todos tenemos.

Somos mucho más que una categoría, un biotipo o nuestra personalidad

Este es, finalmente, mi mayor reparo frente a cualquier teoría que intente explicar a una persona desde una única clasificación, porque creo que somos seres multidimensionales mucho más complejos.

Nuestra biología y nuestra tendencia natural importan. Nuestra historia y la máscara que construimos para vivir nuestras relaciones también importan.

Pero mucho más importa nuestra conciencia: esa capacidad de observarnos, comprendernos y elegir quién queremos ser a partir de aquello que hemos aprendido y de aquello que naturalmente traemos.

Desde mi perspectiva espiritual y energética, ninguna categoría alcanza para definir quiénes somos. Tal vez los biotipos nos ayuden a identificar algunas de nuestras características, pero nunca deberían convertirse en los límites de nuestra identidad.

“Una categoría puede mostrarnos un punto de partida, pero es nuestra conciencia quien nos eleva más allá de ella y posibilita que nos convirtamos en aquello que elegimos SER.”

¿Te reconoces en algunas de estas dinámicas?

Si este artículo despertó preguntas sobre tu propia experiencia, puedes comenzar explorando los recursos gratuitos que preparé para ayudarte a observar con mayor claridad algunas de las dinámicas presentes en tus relaciones.


Compartir este articulo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Scroll al inicio